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Hay ciertas cosas que, frente a su urgencia, tienen la habilidad de obturar aquellas que son importantes.

El sismo fue cuestión de urgencia. Un evento como ese solo puede confrontarnos con nuestra pequeñez de cara a las fuerzas de la naturaleza, con aquello que nos une, que nos identifica en una condición existencial determinada: La muerte.

La muerte (creo que ya lo había dicho antes) vuelve difusa la diferencia, eso que en las redes sociales se llama heroísmo no es más que miedo.

Creo que el sismo me puso frente a la ruina, una ruina personal y una social.

Me canso de leer sobre el heroísmo de los que donan, de los que rescatan, de los que frente a tremendo desastre hicieron “algo”, de cómo es necesario “agradecer” estar de un lado y no del otro, es decir del lado del que ayuda y no del que tiene que ser ayudado.

Más allá de lo terrible de los bandos que se crean (el ayudante y el ayudado), que implican siempre una postura superior de alguna de las dos partes, creo que es importante reflexionar sobre porqué nos creemos o nos creen dignos de orgullo ¿Porqué hay que sentirse orgulloso? ¿Qué dice, de esta cultura capitalista en la que vivimos, que tengamos que honrar tanto el compartir, el pre-ocuparnos por otro? Lo que dice, señores, es que es anormal, es que sorprende que seamos capaces de hacer algo por nuestro prójimo, y eso me parece absolutamente decadente.

No tendría que ser heroico compartir lo que se tiene para comer, no tendría que ser digno de orgullo el poner lo que sabemos al servicio de la comunidad, es algo que deberíamos hacer más seguido, con más naturalidad y menos prisa.

La foto de este artículo muestra algo: muestra que una persona, un ser humano estaba viviendo en un cuartito, con poco y nada, una casita hecha de piedras y barro… dos preguntas opuestas se me vienen a la cabeza: ¿es que no vivía ya, aquella persona en ruinas, antes de que se le cayera la casa encima? ¿Es que soy yo, y son mis ruinas, las que me llevan a pensar que en realidad se necesita más que eso para vivir?

Mi padre vivía en ruinas, era un vendedor ambulante de Pompeya y vivía en un cuartito parecido a ese, y todo él estaba lleno de grietas, siempre a punto de caerse, siempre al borde del colapso… como vivimos todos, en la belleza del derrumbe y de la muerte que nos enquista las palabras y se nos hace carne, insomnio.

Hablemos mejor de esas ruinas, de esas que no se ven, de esas que nos hacen sentir héroes por compartir un plato de comida, o tender una mano a quien necesita salir de los escombros, hablemos de las ruinas de los 43 que siguen faltando, hablemos de Maldonado, hablemos de ese cuerpo que puedo perder a cada instante, de ese prójimo que tiemble o no tiemble ahora, mientras vos estás comiendo, tiene hambre.

Esta solidaridad es la lástima de la masa. Antes de andar buscando botellas para hacer casas con PET (sin preguntarle a la gente si eso es lo que quiere) pensemos que esta energía solidaria así de empleada es un atropello que no tiene que ver con la necesidad de ninguna comunidad, sino con la propia.

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