Viajar y hacer turismo no necesariamente son la misma cosa y tampoco son alternativas mutuamente excluyentes. Para quienes hacen turismo recomiendo el Turi-bus. Usted, que anda viajando querrá vivir la experiencia de “La Combi” mexicana.

La luz de neón verde iluminando la imagen de la Virgen de Juquila, como una suerte de rezo o fe de fluidez vehicular que pide amparo y buen tráfico para llegar a tiempo a checar al puentecito.

Hay olor a trabajadores de jornada completa en húmedo verano pleno. Las toses y los estornudos quedan atrapados en los antebrazos, en las solapas de los sacos de vestir baratos. Si se sienta en la parte de atrás podrá ver las espaldas cansadas, los hombros caídos, el gel endurecido que colocado en esas cantidades, funciona como una protección en caso de accidente o asalto.

Cada persona lleva algo en la mano, que apila sobre sus faldas (si tiene la suerte de ir sentado) con la destreza espacial de un arquitecto: instrumentos de construcción, bolsas, libros y libretas, portafolios, teléfonos celulares, la masa de las tortillas, la bolsita de mole y un pollo “infeliz” que más bien parece una codorniz.

Ahí se pone de manifiesto la solidaridad del mexicano: aquel que lleva la vida apilada en su regazo, se ofrece a cargar la bolsa del que está parado; ahí se ve la honestidad de la gente, cuando el que se sube por la puerta de atrás porque ya no hay espacio adelante, hace circular su moneda de diez pesos y recibe de vuelta el cambio de su pasaje. Esa proximidad de sardina propicia la cortesía y quien, en este punto logra integrarse, dice siempre “buenos días”.

Las caras tienen expresiones diversas: de estar esperando un gran día, del no me alcanza para el pavo, de tener que comprar algún regalo, caras de mala suerte y pronóstico reservado.

Zapatos de casquillo, manos cortadas por la vida y por el frío, rostros embarrados contra las espaldas, brazos que se dislocan tratando de alcanzar el barandal para sujetarse y de fondo música sonidera, norteña, cumbias que de tan regulares molestan como las canillas que gotean.

Cuando llegue a este punto no intente ponerse los audífonos y musicalizar la situación; no pruebe distintos géneros, entienda que no hay sonido mejor para ese pedazo de tiempo que la cumbia-gotera. Nada combina mejor con ese instante, que usted. Entonces permítase estar.

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One Thought on “Los ojos de la extranjera: Oda al transporte público”

  • Pocas veces las he usado para vivir la experiencia.. y lo que mas me impresiónò al grado de que me bajé tres cuadras antes de mi destino, fué que si Los diseñadores alemanes la calcularon para 8 pasajeros en México se llevan 18 y hasta 20!!! Sentados e incados! Cuando ví que cada 20 metros subia una persona más me asusté y preferí caminar…

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