Hace doce años pisé por primera vez el suelo mexicano. Veinte primaveras empacadas en una maleta medio desvencijada viajaron conmigo desde una Argentina en ruinas, con la esperanza de una vida mejor.  

Estos ojos extranjeros, inmigrados, son el filtro a través del cual van a pasar las descripciones que de aquí en más se publiquen con mi nombre.

Recuerdo el día que llegué a la Ciudad de México; el asombro incontenible ante tantas diferencias, la cosa más simple: el color de la luz del sol.

En la ciudad de Puebla, el sol alumbra entre amarillo y anaranjado dependiendo la época del año. En Buenos Aires es de un tono azulado. Uno pensaría que es el mismo sol, y debería alumbrar igual en todos lados, o quizás uno ni siquiera pensaría en eso porque al sol lo damos por hecho, por único, hasta que la diferencia nos marca el cruce de la línea del Ecuador, que tan abstracta sonaba en las clases de Geografía de quinto grado.

Ir caminando por la calle con cara de desconcierto y encontrarme con los olores y colores de la comida. “¿Eso cómo se llama?”  Eran las chalupas, mi primer encuentro con el picante… “Pica poquito” me dijo una señora con largas trenzas grises, un delantal a cuadros y los tajos del tiempo pintados en la piel.   Ese día aprendí que en México uno puede llorar por la boca…

Mi nuevo despertador: la melodía pegajosa del camión del gas, el altavoz del vendedor de tamales, “las empanadas de queso, empanadas de piña, empanadas de jamón, empanadas árabes”. Puebla siempre está sonando, si no es el señor que pasa evangelizando y tocando la flauta el domingo en la colonia La Paz, es el de los helados o el que nos viene a comprar “alambre, hierro viejo, lavadoras, baterías, colchones viejos que no le sirvan”.

La cultura no es aquello que resulta atractivo para el turista o el aburrido. La cultura está en los pequeños detalles que hacen que un lugar se transforme en una experiencia, está en las prohibiciones que nos cuentan los deseos de la gente común, está en “las malas palabras” (si es posible que las palabras en sí mismas tengan alguna intención).

Escribir sobre México será como narrar una fotografía y al mismo tiempo contar 12 años de mi historia.

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One Thought on “Los ojos de la extranjera”

  • Aprendernos nuevos es nacer mil veces, me senti muy reflejado por haber vivido un tiempo hermoso e intenso en ese hermano y ahora tambien a quien pertenezco, viva Mexico!!!! y gracias por tan bella descripcion de vivencias.

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