Puebla, Relicario de América, atesora entre sus calles muchos relatos, que al paso del tiempo se han convertido en leyendas.

 

Una de estas es la de la Casa del Perro, inmueble ubicado en la esquina de la 9 Poniente y 3 Sur, en pleno Centro Histórico.
Cuentan los más viejos, que a inicios del siglo XVIII, en tiempos de la Santa Inquisición, llegó a la Ciudad de Puebla, proveniente de España, don Juan de Illescas, personaje que al transcurrir de los años enriqueció grandemente, gracias al comercio de la seda, la porcelana y especies de la India.

Sin embargo, don Juan, que se había hecho de gran influencia entre la clase alta de aquel entonces, y en consecuencia, era envidiado por muchos, tenía un oscuro secreto que le hacía peligrar. Era judío, de nombre real Isaac Sefarad. La costumbre de bañarse todos los días y su nulo gusto por comer carne de cerdo, hicieron que las sospechas recayeran en él, durante un tiempo en el que el Santo Oficio vigilaba estrechamente a toda la gente, en especial a los que presuntamente cometían actos contra la fe, con énfasis en las prácticas de la religión judía. Lo inevitable sucedió, y el patriarca de la familia Illescas (o Sefarad), fue a dar al calabozo, dejando a su familia en el desamparo.

Una noche de aquellas, doña Sara, la esposa de don Juan, despertó aterrorizada por una pesadilla. En ese momento sintió una presencia extraña en su habitación y giró la cabeza hacia todos lados buscando en la oscuridad la razón de su inquietud. De pronto, frente a su cama, como dos tizones de fuego infernal, descubrió los ojos de un enorme perro. Ella quiso gritar, pero paralizada por el miedo, solo pudo emitir un sonido gutural. El animal, que no dejaba de mirarla, después de unos interminables instantes se movió hacia la puerta, como invitándola a seguirlo. Aún presa del pavor, Sara hizo acopio de fuerzas y siguió al formidable can. Descendieron por las escaleras hasta la cocina de la casona, y repentinamente, de un rincón de aquel lugar brotó una extraña luz azul. Cuando la atemorizada mujer se acercó lo suficiente, pudo ver al perro sollozando y rascando una misteriosa grieta en la pared.

Tomando cucharones y cuchillos a manera de herramientas, ella comenzó a romper el muro y a medida que avanzaba, la luz se hacía más intensa. Cuando la pared cedió, Sara Illescas, o mejor dicho, Sefarad, encontró, para su gran sorpresa, los restos de un animal emparedado muchos siglos atrás, con un letrero que decía “Al único amigo que tuve en vida”.
Después de eso la sorpresa fue mayor, porque entre los restos había un cofre repleto de monedas de oro. Poco después, en los calabozos de la Santa Inquisición corrió una noticia como reguero de pólvora: ¡un prisionero ha escapado! Y el reo era, ni más ni menos que Don Juan Illescas, o Isaac Sefarad.

¿Cómo logró aquel hombre huir de tan terrible lugar?

Se dice que el inquisidor, adulado por doña Sara, y deslumbrado por varias bolsas repletas de monedas de oro, hizo posible el escape del antiguo gran señor de la ciudad de Puebla. De la familia Illescas, que se cuenta huyó al norte de México, jamás se volvió a saber nada.

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