1° de Agosto 2013. La emoción recorría todo mi cuerpo a pesar del retraso de aquel vuelo 131 de Cubana de Aviación.

Por fin habíamos aterrizado. Me levanté enseguida, tomé mis pertenencias y, siendo honesta, me di un pellizco para darme por enterada de que no era un sueño más; de esos que uno suele tener por ansiar tanto algo. Pero era cierto, ya me encontraba caminando rápidamente por el túnel que me llevaría a tierra firme ¡y cubana! sentía en la piel un calorcillo muy diferente al de México, lo que efectivamente me confirmaba que no era un sueño.

Caminaba apreciando cada uno de los detalles de aquel aeropuerto: la gente, la forma de caminar, los cuerpos tan atléticos de todas y todos los guardias que se encontraban en aquel lugar. En un dos por tres llegué a las filas de migración donde me revisaron pasaporte, visa y la obligada inspección de aquel aparato que pasan por tu cuerpo para revisar si tienes algún arma. En ese momento reafirme mi hipótesis ¡Todos los Cubanos son hermosamente atléticos!

Por fin con maletas en mano, me dispuse a salir y a ser bienvenida por mis amigos. Pero a unos cuantos metros de la salida, un hombre alto, apiñonado, ojo verde, musculoso, en resumen, “tremendamente guapo”, me abordó con un sinfín de preguntas (ninguna de ellas por cierto ¿cuál es tu número telefónico?): ¿Cuál era mi motivo de visita en Cuba? ¿Profesionista o estudiante? ¿Cuántos años tenía? En ese momento, todo ese marco de Dios del Olimpo pasó a 2o lugar; me sentí amenazada ya que no estoy acostumbrada a proporcionar ese tipo de información. Fue hasta que el sujeto adonis altamente sospechoso me mostró su identificación de agente de migración que respire profundo y su cara se tornó amable dándome la bienvenida con una grata sonrisa.

Finalmente salí de aquella atmósfera singular buscando a mis amigos y ¡Sorpresa! No había nadie. Aquella imagen de cómo iba hacer mi bienvenida se borró en un santiamén. Me dirigí la salida del aeropuerto. Ahí sí que había gente pero ninguno de ellos eran mis amigos. Me preguntaba si se les habría olvidado o si se habrían confundido el horario. Entré nuevamente, algo desilusionada ya que esperaba una bienvenida con letreros y juegos pirotécnicos, muy de película hollywoodense.

Entonces, una chica muy guapa me preguntó ¿Tú eres Magaly Núñez? Me di cuenta que estaba en un módulo de información, así que me acerqué. De inmediato me sonrió y me dio un sobre largo que decía: “A la guapísima señorita Núñez Castellanos, Eterna novia del Popo” y enseguida me dijo: “un chico te dejó este sobre y se fue”. Yo estaba emocionada, confundida, enojada, triste. Solo atiné a abrir rápidamente el sobre mientras que la chica seguía sonriendo ¿Por qué seguía sonriendo?

Abrí el sobre y era una postal de los balcones de unos palacetes con banderas de Cuba. Cuando me disponía a leer la postal se escuchó en los altavoces del aeropuerto José Martí terminal 3: “Se solicita la presencia de la Pasajera Magaly Núñez Castellanos procedencia de Ciudad de México. Presentarse al módulo de información” En ese momento, la chica me miró con complicidad, como si pasara algo que claramente yo ignoraba. Volteé y mi bombón cubano Alain me embistió con un abrazo lleno de amor y urgencia. Enseguida me brotaron lágrimas diciéndole “pensé que te habías olvidado de mí”. Habían pasado 2 años de no vernos. Nos quedamos abrazados un largo rato, aterrizando el hecho de que éramos reales y que la conexión de Skype no se iría.

Agradecí a la señorita y nos dirigimos a las mesitas de la segunda planta del aeropuerto a tomar un poco de agua. Al momento de sentarnos, Alain me pidió un medicamento porque se sentía un poco mal, por lo que me agaché a abrir mi maleta y cuando me levanté, él tenía lista una rosa que me obsequió, acompañado de un dúo de cantantes cubanos que me dedicaron la canción “Motivos“ de Vicente Fernández. Al final de aquella hermosa canción me dijeron: “Cuba, te da la bienvenida y siempre te recibirá con música“.

Es cierto, mi recibimiento no fue un cliché, tampoco fue como la famosa película española “la bienvenida de Mr Marshall”. Fue colosalmente mejor. Inigualable, única e inolvidable. Así me recibió Cuba; se vislumbraba que sería un viaje extraordinario y totalmente diferente.

 

Texto: Magaly Núñez Castellanos

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