A lo largo de la historia de Puebla han ocurrido hechos que la vuelven una ciudad llena de historias y personajes a los que se les recuerda después de su muerte…aunque hay muchos otros que han sido olvidados con el paso del tiempo.

Por esta razón, querido lector, hoy he querido escribir sobre algunos lugares que guardan el recuerdo de algunos muertos famosos y de otros no tan famosos, que son parte de la memoria de esta ciudad, inscrita en la lista del “Patrimonio de la Humanidad” por la UNESCO el 11 de diciembre de 1987.

LA CASA DEL DEÁN

En esta casa, una de las pocas construidas en el Siglo XVI que aún se conservan, fueron pintados murales inspirados en literatura europea. Siguiendo el texto de Francesco Petrarca, “Los Triunfos”, se pintó uno de los cuartos de esta casa. En él se conserva una de las escasas representaciones de la muerte con influencia medieval y con elementos de la tradición clásica: el esqueleto portando una guadaña y acompañada de las tres parcas: Átropos, Láquesis y Cloto. Estos personajes de la mitología grecolatina eran los encargados de controlar el destino de los humanos.

Cloto, la hilandera, enredaba el hilo de la vida en una rueca; Láquesis, la que echa las suertes, medía con su vara la longitud del hilo y Átropos, la inevitable, era quien lo cortaba. En el mural de La Casa del Deán dedicado al triunfo de la muerte podemos ver claramente a estos tres personajes con los atributos que hemos descrito. El carro pasa sobre varios personajes: niños, mujeres, reyes, clérigos; mostrando que la muerte es ineludible para cualquier ser humano, sin importar su condición.

LA CATEDRAL DE PUEBLA

La Catedral de Puebla resguarda entre sus muros centenarios los restos de obispos, santos y otros personajes, cuyos restos descansan en este sitio por diversas razones.

Cuando el obispo Juan de Palafox vivía en Puebla creía que iba a morir en esta ciudad, por lo que mandó a esculpir su lápida mortuoria. Sin embargo, el rey Felipe IV decidió que regresara a España en 1649, muriendo como obispo de un pequeño pueblo llamado Burgo de Osma el 1 de octubre de 1659.

A pesar de esto, se decidió que la lápida, sin tener terminado el año y el día de su muerte, fuera colocada a los pies del altar de la Virgen del Perdón, lugar que él había elegido para ser enterrado, y donde aún puede ser visitada a manera de cenotafio, es decir, como una tumba falsa. El texto latino en bajo relieve se traduce como: “Aquí yace en polvo y ceniza Juan de Palafox y Mendoza, Indigno Obispo de Puebla de los Ángeles, rogad al Padre y al Hijo. Espero que venga la salvación por mi señor y que mi carne vea a mi Dios – Job 14, 19 – Nacido con el siglo (nació en 1600) – Fallecido el año 16… Día”.

El obispo Domingo Pantaleón Álvarez de Abreu decidió que a su muerte, ocurrida en 1763, fuera enterrado a los pies del cenotafio de Palafox, por la gran admiración que le tenía y para ser pisado por los feligreses como símbolo de humildad.

En su testamento el Obispo Pantaleón pidió que a su muerte se le sacara el corazón para ser regalado al convento que más apoyó en vida: el de Santa Rosa de Lima. La procesión para depositar el corazón en el coro alto de este convento duró tres días e incluso se publicó un libro al respecto titulado: “Corazón de las rosas sepultado entre fragancias: Relación poética de las solemnes funerales exequias que para sepultar el corazón del Ilustrísimo Señor Doctor Don Domingo Pantaleón Álvarez de Abreu dignísimo Arzobispo, Obispo de la Ciudad de Puebla de los Ángeles en la América, celebró en el convento de las religiosas recoletas de Santa Rosa Peruana su noble y reconocida familia en los días 23 y 24 del mes de enero de 1764”.

La capilla que se encuentra en la nave derecha a un lado del altar mayor es conocida como la de las “Reliquias”. Las reliquias son los restos materiales de santos que son dignos de devoción. En esta capilla se encuentran los restos de los beatos Sebastián de Aparicio y Juan de Palafox y Mendoza, entre muchos otros. En las rejas de la entrada se pueden leer las fechas de las festividades de los santos cuyos restos ahí se conservan.

La Capilla del lado izquierdo a la de reliquias, dedicada al Sagrado Corazón de Jesús, conserva los restos de un famoso de México: Miguel Miramón, quien fue fusilado el 19 de junio de 1867, junto con Maximiliano de Habsburgo y Tomás Mejía en el Cerro de las Campanas. El cuerpo de Miramón fue enterrado en el panteón de San Fernando de la ciudad de México. Tras la muerte de su esposo, Concepción Lombardo de Miramón, su esposa, decidió exiliarse en Europa.

A su regreso, en 1896, decide exhumar los restos de su esposo porque no estaba de acuerdo con que estuvieran en el mismo lugar que los de Benito Juárez, consiguiendo que fueran colocados en una de las capillas de la Catedral de Puebla, lugar donde se conservan hasta el día de hoy.

Otro de los muertos famosos de la Catedral de Puebla es el obispo Francisco Pablo Vázquez, nacido en Atlixco el 2 de marzo de 1769. Después de la firma de la Independencia de nuestro país, fue a Europa en calidad de “Enviado Extraordinario y Ministro Plenipotenciario” con el fin de obtener el reconocimiento de México como país independiente ante varios gobernantes, incluyendo al Papa. Después de largas y difíciles negociaciones con el Papa Pío VII y su sucesor Gregorio XVI, logró su misión el 28 de febrero de 1831, siendo también nombrado Obispo de Puebla. Por todo esto, el obispo Vázquez es considerado el primer embajador de nuestro país. Murió en Cholula el 7 de noviembre de 1847. Su tumba se encuentra frente al Altar de San José con el siguiente epitafio: “Fieles, rogad a Dios por un pecador”.

EL CUERPO INCORRUPTO DEL BEATO SEBASTIÁN DE APARICIO EN LA IGLESIA DE SAN FRANCISCO

La vida de este personaje está llena de milagros y actos extraordinarios, incluso contados desde que nació. Se dice que recién nacido, en Orense, España (1502) contrajo una enfermedad durante una epidemia, por lo que su madre lo abandonó fuera de la ciudad. En ese lugar fue rescatado por una loba que le provocó un sangrado al morderle que lo curó milagrosamente. Por esta razón se dijo que Sebastián de Aparicio tenía poderes sobre los animales.

A los 31 años, Sebastián dejó España para embarcarse y buscar suerte en las Indias Occidentales. Ya instalado en la Nueva España, según la leyenda, logró grandes avances en ella al introducir el uso de las carretas y mejorar el camino de Veracruz a la Ciudad de México y trazando el que iba desde la capital hasta Zacatecas.

También se dice que pidió permiso para que los indígenas montaran a caballo e hicieran suertes con ellos, resultando de esto lo que actualmente conocemos como charrería. Incluso se narra que él cristianizó la Fiesta Indígena dedicada a los muertos cuando tenía su hacienda en Azcapotzalco, ni más ni menos.

Después de haber enviudado en dos ocasiones, decidió tomar el hábito franciscano a sus 71 años, siendo aceptado en el convento de México y de ahí enviado a Tecali y a Puebla. Durante su vida de fraile, que duró veinticuatro años, se dedicó a recoger limosnas para mantener a sus hermanos, siendo un ejemplo de caridad, por lo que adquirió fama de “varón santo y milagroso”. El 20 de febrero de 1600 murió en el convento de Puebla, donde fue enterrado con gran concurrencia.

Tras su muerte comenzó un culto popular a este fraile, que cobró gran fuerza cuando en 1617, al hacerse los cimientos de la capilla de la Virgen Conquistadora se encontró su cuerpo incorrupto, que fue colocado en una mesa para ser venerado por los fieles.

Esto provocó que se le arrancaran dedos, piel y hasta se llegaran a robar su cabeza con el fin de obtener reliquias. La cabeza fue recuperada en muy malas condiciones, por lo que se cubrió con una mascarilla de cera. Tras su beatificación en 1789, se permitió el culto público a sus restos, que continua hasta el día de hoy, ya que por su oficio original, el de carretonero, se le considera protector de choferes y conductores de todo tipo de vehículos.

Portada: www.turistation.com.mx

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